1929-1932: Capítulo 8. ¿Quién dirigió la insurrección de febrero?, de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 105-140.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
Los abogados y los periodistas, las clases perjudicadas por la
revolución, han gastado grandes cantidades de tinta en
demostrar que el movimiento de Febrero, que se quiere hacer pasar
por una revolución, no fue en rigor más que un motín
de mujeres, transformado después en motín militar.
También Luis XVI se obstinaba en creer en su tiempo que
la toma de la Bastilla no era más que un motín,
hasta que las cosas se encargaron de demostrarle de un modo harto
elocuente que se trataba de una revolución. Los que salen
perdiendo con una revolución rara vez se inclinan a llamarla
por su nombre, pues éste, a pesar de todos los esfuerzos
de los reaccionarios enfurecidos, va asociado, en el recuerdo
histórico de la Humanidad, a una aureola de emancipación
de las viejas cadenas y prejuicios. Los privilegiados de todos
los siglos y sus lacayos intentan, invariablemente, motejar de
motín, sedición o revuelta de la chusma a la revolución
que los derriba de sus puestos. Las clases caducas no se distinguen
precisamente por su gran inventiva.
Poco después del 27 de febrero hiciéronse tentativas
para equiparar la revolución de Febrero al golpe de Estado
militar de los Jóvenes Turcos, con que, como sabemos, tanto
había soñado la alta burguesía rusa. Tan
infundada era, sin embargo, esta analogía, que hubo de
ser seriamente combatida por uno de los periódicos burgueses.
Tugan-Baranovski, economista que en su juventud había pasado
por la escuela de Marx, una especie de variante rusa de Sombart,
escribía el 20 de marzo, en Las Noticias de la Bolsa (Birchevie
Wedomosti):
"La revolución turca consistió en una sublevación
victoriosa del ejército, preparada y realizada por los
jefes del mismo. Los soldados no eran más que unos ejecutores
obedientes de los propósitos de sus oficiales. Los regimientos
de la Guardia que el 27 de febrero derribaron el trono ruso prescindieron
de sus oficiales... No fueron las tropas, sino los obreros quienes
iniciaron la insurrección; no los generales, sino los soldados
quienes se personaron ante la Duma. Los soldados apoyaban a los
obreros no porque obedecieran dócilmente las órdenes
de sus oficiales, sino porque... sentían el lazo que les
unía a los obreros como una clase compuesta de trabajadores,
como parte de ellos mismos. Los campesinos y los obreros: he ahí
las dos clases sociales a cuyo cargo ha corrido la revolución
rusa."
Estas palabras no necesitan de enmienda ni de comentario. El desarrollo
ulterior de la revolución había de confirmarlas
plenamente.
El último día de febrero fue para Petersburgo el
primer día de la nueva era triunfante: día de entusiasmos,
de abrazos, de lágrimas de gozo, de efusiones verbales;
pero, al mismo tiempo, de golpes decisivos contra el enemigo.
En las calles resonaban todavía los disparos. Se decía
que los "faraones" de Protopopov, ignorantes todavía
del triunfo del pueblo, seguían disparando desde lo alto
de las casas. Desde abajo disparaban contra las azoteas y los
campanarios, donde se suponía que se guarecían los
fantasmas armados del zarismo. Cerca de las cuatro fue ocupado
el Almirantazgo, donde se habían refugiado los últimos
restos del poder zarista. Las organizaciones revolucionarias y
grupos improvisados efectuaban detenciones en la ciudad. La fortaleza
de Schluselburg fue tomada sin disparar un solo tiro. Tanto en
la ciudad como en los alrededores iban sumándose constantemente
a la revolución nuevos batallones.
El cambio de régimen en Moscú no fue más
que un eco de la insurrección de Petrogrado. Entre los
soldados y los obreros reinaba el mismo estado de espíritu,
pero expresado de un modo menos vivo. En el seno de la burguesía,
el estado de ánimo imperante era un poco más izquierdista;
en las orillas del Neva, los intelectuales radicales de Moscú
organizaron una reunión, que no condujo a nada, para tratar
de lo que había de hacerse. Hasta el día 27 de febrero
no empezaron las huelgas en las fábricas de Moscú;
luego, vinieron las manifestaciones. En los cuarteles, los oficiales
decían a los soldados que en las calles estaban promoviendo
disturbios unos canallas a los cuales serían preciso poner
coto. "Pero ahora -cuenta el soldado Chischilin- los soldados
empezaban a entender la palabra "canalla" en sentido
contrario". A las dos se presentaron en el edificio de la
Duma municipal un gran número de soldados de diversos regimientos,
que buscaban el modo de adherirse a la causa de la revolución.
Al día siguiente se extendió el movimiento huelguístico.
De todas partes acudía la muchedumbre a la Duma con banderas.
El soldado de la compañía de automovilistas Muralov,
viejo bolchevique, agrónomo, gigante generoso y valiente,
condujo a la Duma el primer regimiento completo y disciplinado,
que ocupó la estación radiotelegráfica y
otros puntos estratégicos. Ocho meses después, este
Muralov era nombrado jefe de las tropas de la región militar
de Moscú.
Se abrieron las cárceles. El mismo Muralov llegó
con un camión lleno de presos políticos liberados.
El oficial, con la mano en la visera, preguntó al revolucionario
si había que soltar también a los judíos.
Dzerchinski, que acababa de ser libertado y no se había
quitado aún el traje de presidiario, se presentó
en la Duma, donde se estaba formando ya el Soviet de diputados
obreros. El artillero Dorofeiev cuenta que el primero de marzo
los obreros de la fábrica de caramelos Siou se presentaron
con banderas en el cuartel de la brigada de Artillería
para fraternizar con los soldados, y que muchos de ellos, desbordantes
de gozo, lloraban. En la ciudad sonaron algunos disparos hechos
desde las esquinas; pero, en general, no hubo choques armados
ni víctimas: Petrogrado respondía por Moscú.
En varias ciudades de provincias el movimiento no empezó
hasta el primero de marzo, después que la revolución
había triunfado ya hasta en Moscú. En Tver, los
obreros se dirigieron en manifestación desde las fábricas
a los cuarteles, y, mezclados con los soldados, recorrieron las
calles de la ciudad cantando, como en todas partes entonces, La
Marsellesa, no La Internacional. En Nijni-Novgorod, millares de
personas se reunieron en los alrededores del edificio de la Duma
municipal, que desempeñó en la mayoría de
las ciudades el papel que representaba en Petrogrado el palacio
de Táurida. Después de escuchar un discurso del
alcalde, los obreros se dirigieron con banderas rojas a sacar
de la cárcel a los presos políticos. Al atardecer,
dieciocho unidades, de las veintiuna que componían la guarnición,
se habían puesto ya al lado de la revolución. En
Samara y Saratov celebráronse mítines y se organizaron
soviets de diputados obreros. En Charkov, el jefe superior de
la gendarmería, al enterarse en la estación del
triunfo de la insurrección, se puso en pie en un coche
ante la multitud agitada y, tremolando la gorra, gritó
con todas las fuerzas de sus pulmones: "¡Viva la revolución!"
A Yekaterinoslav, la noticia llegó de Charkov. Al frente
de la manifestación iba el ayudante del jefe superior de
gendarmería, con un gran sable en la mano, como durante
las paradas de grandes solemnidades. Cuando se vio claramente
que la monarquía estaba definitivamente derrumbada, en
las oficinas públicas empezaron aves revolucionarias, la
decisión era menor que en Petrogrado. Cuando empezaban
los liberales, que no habían perdido aún la afición
a emplear el tono de chanza para hablar de la revolución,
circulaban no pocas anécdotas, verídicas o imaginadas.
Los obreros, lo mismo que los soldados de las guarniciones, vivían
los acontecimientos de un modo muy distinto.
Por lo que se refiere a otra serie de ciudades provinciales (Pskov,
Oril, Ribinsk, Penza, Kazán, Tsaritsin, etc.), la crónica
señala, con fecha del 2 de marzo: "Ha llegado la noticia
del cambio de régimen, y la población se ha adherido
a la revolución." Estas líneas, a pesar de
su carácter sumario, expresan de un modo sustancialmente
verídico la realidad.
A los pueblos, las noticias relativas a la revolución llegaban
de las capitales próximas, unas veces por conducto de las
propias autoridades y otras veces a través de los mercados,
de los obreros, de los soldados licenciados. Los pueblos acogían
la revolución más lentamente y con menos entusiasmo
que las ciudades, pero no menos profundamente. Los campesinos
relacionaban el cambio con la guerra y con la tierra.
No pecaremos de exageración si decimos que la revolución
de Febrero la hizo Petrogrado. El resto del país se adhirió.
En ningún sitio, a excepción de la capital, hubo
lucha. No hubo en todo el país un solo grupo de población,
un solo partido, una sola institución, un solo regimiento,
que se decidiera a defender el viejo régimen. Esto demuestra
cuán fundados son los razonamientos que hacen con la caballería
de la Guardia o si Ivanov no hubiera llegado del frente con una
brigada de confianza, el destino de la monarquía hubiera
sido otro. Ni en el interior ni en el frente hubo una sola brigada
ni un solo regimiento dispuesto a luchar por Nicolás II.
La revolución se llevó a cabo por la iniciativa
y el esfuerzo de una sola ciudad, que representaba aproximadamente
1/75 parte de la población del país. Dígase,
si se quiere, que el magno acto democrático fue realizado
del modo menos democrático imaginable. Todo el país
se halló ante un hecho consumado. El hecho de que se anunciase
en perspectiva la convocatoria de la Asamblea constituyente no
significa nada, pues las fechas y los procedimientos de convocación
de la representación nacional fueron decretados por los
órganos del poder surgidos de la insurrección triunfante
en Petrogrado. Esto proyecta un vivo resplandor sobre el problema
referente a las funciones de las formas democráticas, en
general, y las de períodos revolucionarios, en particular.
Las revoluciones han inferido siempre grandes reveses al fetichismo
jurídico de "la soberanía nacional", y
tanto más implacablemente cuanto más profunda, audaz
y democrática es la revolución.
Se ha dicho muchas veces, sobre todo con referencia a la gran
revolución francesa, que el riguroso centralismo implantado
por la monarquía permitió luego a la capital revolucionaria
pensar y obrar por todo el país. Esta explicación
es harto superficial. La revolución manifiesta tendencias
centralistas, pero no es imitando a la monarquía derribada,
sino por inexorable imposición de las necesidades de la
nueva sociedad, que no se aviene con el particularismo. Si la
capital desempeña en la revolución un papel tan
preeminente, que en ella parece concentrarse, en ciertos momentos,
la voluntad del país, es sencillamente por dar expresión
más elocuente a las tendencias fundamentales de la nueva
sociedad, llevándolas hasta sus últimas consecuencias.
Las provincias aceptan lo hecho por la capital como el reflejo
a sus propios propósitos, pero transformados ya en acción.
La iniciativa de los centros urbanos no representa ninguna infracción
del democratismo, sino su realización dinámica.
Sin embargo, el ritmo de esta dinámica, en las grandes
revoluciones, no coincide nunca con el de la democracia formal
representativa. Las provincias se adhieren a los actos del centro,
pero con retraso. Dado el rápido desarrollo de los acontecimientos
que caracteriza a las revoluciones, esto conduce a una aguda crisis
del parlamentarismo revolucionario, que no se puede resolver con
los métodos de la democracia. La representación
nacional se estrella invariablemente contra toda auténtica
revolución al chocar con la dinámica revolucionaria,
cuyo foco principal reside en las capitales. Así sucedió
en Inglaterra, en el siglo XVII, en Francia, en el XVIII, y en
el XX en Rusia. El papel de la capital se halla trazado, no por
las tradiciones del centralismo burocrático, sino por la
situación de la clase revolucionaria dirigente, cuya vanguardia,
lo mismo la de la burguesía que la del proletariado, se
halla naturalmente concentrada en la ciudad más importante.
Después de las jornadas de Febrero se contaron las víctimas.
En Petrogrado hubo mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y
heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían
al ejército. De estos últimos, sesenta eran oficiales.
En comparación con las víctimas de cualquier combate
de la gran guerra, estas cifras, considerables de suyo, resulta
insignificantes. La prensa liberal proclamó que la revolución
de Febrero había sido incruenta. En los días de
entusiasmo general y de amnistía recíproca de los
partidos patrióticos, nadie se dedicó a restablecer
el imperio de la verdad. Albert Thomas, como amigo de todo lo
que triunfa, incluso de las insurrecciones victoriosas, hablaba
entonces de la "revolución rusa, la más luminosa,
la más jubilosa y la más incruenta". Claro
que él tenía entonces la esperanza de que la revolución
entregaría a Rusia a merced de la Bolsa francesa. Pero,
al fin y al cabo, Thomas no es precisamente ingenioso. El 27 de
junio de 1789, Mirabeau exclamaba: "¡Qué dicha
que esta gran revolución salga adelante sin matanzas y
sin lágrimas!... La historia ha hablado ya demasiado de
actos de fiereza. Podemos tener la esperanza de que empezamos
una historia de hombres." Cuando los tres estado se unieron
en la Asamblea nacional, los antepasados de Albert Thomas escribían:
"La revolución ha terminado sin que costase ni una
gota de sangre." Hay que reconocer que en aquel periodo aún
no había sangre. No se puede decir lo mismo de las jornadas
de Febrero. Pero se mantuvo tenazmente la leyenda de la revolución
incruenta para alimentar la necesidad que el buen burgués
liberal tiene de representarse las cosas tal y como si el poder
hubiese caído en sus manos por sí mismo.
Si la revolución de Febrero no fue incruenta, no puede
dejar de producir asombro que hubiera tan pocas víctimas
en el momento de la revolución y, sobre todo, durante los
días que la siguieron. No hay que olvidar que se trataba
de vengarse de la opresión, de las persecuciones, de los
escarnios, de los insultos ignominiosos de que había sido
víctima durante siglos el pueblo de Rusia. Es verdad que
los marineros y los soldados hicieron en algunos casos justicia
sumaria a los verdugos más auténticos, los oficiales.
Pero en un principio el números de esos actos fue insignificante
en comparación con el de las viejas y sangrientas ofensas
sufridas. Las masas no se sobrepusieron a su primitiva benevolencia
hasta mucho más tarde, después de persuadirse de
que las clases dominantes querían dar marcha atrás
y adueñarse de la revolución que no habían
hecho, acostumbrados como están a adueñarse de los
bienes y los frutos no producidos por ellos.
Tugan-Baranovski tiene razón cuando dice que la revolución
de Febrero fue obra de los obreros y los campesinos, representados
éstos por los soldados. Pero queda todavía una gran
cuestión que resolver. ¿Quién dirigió
la revolución? ¿Quién puso en pie a los obreros?
¿Quién echó a la calle a los soldados? Después
del triunfo, estas cuestiones se convirtieron en la manzana de
la discordia entre los partidos. El modo más sencillo de
resolverlas consistía en la aceptación de una fórmula
universal: la revolución no la dirigió nadie, se
realizó por sí misma. La teoría de la "espontaneidad"
daba entera satisfacción no sólo a todos los señores
que todavía la víspera administraban, juzgaban,
acusaban, defendían, comerciaban o mandaban pacíficamente
en nombre del zar y que hoy se apresuraban a marchar al paso de
la revolución, sino también a muchos políticos
profesionales y ex-revolucionarios que, habiendo dejado pasar
de largo la revolución, querían creer que en este
respecto no se distinguían de los demás.
En su curiosa Historia de la sedición rusa, el general
Denikin, ex-generalísimo del ejército blanco, dice,
hablando del 27 de febrero: "En ese día decisivo no
hubo jefes; actuó sólo la fuerza espontánea,
en cuya terrible corriente no se veían entonces ni objetivos,
ni plan, ni consignas." El historiador Miliukov no profundiza
más que ese general aficionado a la literatura. Antes de
la caída del zarismo, el jefe liberal veía en toda
idea de revolución la mano del Estado Mayor alemán,
pero la situación se complicó cuando el cambio de
régimen llevó a los liberales al poder. Ahora, la
misión de Miliukov no consistía ya en marcar a la
revolución con el deshonor de atribuir iniciativa a los
Hohenzollern, sino al contrario, en no asignar el honor de la
iniciativa a los revolucionarios. El liberalismo abraza sin reservas
la teoría de la espontaneidad y la impersonalidad de la
revolución. Miliukov cita con simpatía la opinión
de Stankievich, ese profesor semiliberal, semisocialista, convertido
en comisario del gobierno cerca del Cuartel general. "La
masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior
inconsciente"... escribe Stankievich, hablando de las jornadas
de Febrero. ¿Con qué consignas salieron los soldados
a la calle? ¿Quién los conducía cuando conquistaron
Petrogrado, cuando pegaron fuego a la Audiencia? No era una idea
política ni una consigna revolucionaria, ni un complot,
ni un motín, sino un movimiento espontáneo, que
redujo súbitamente a cenizas todo el viejo régimen.
Aquí, la espontaneidad adquiere un carácter casi
místico.
El propio Stankievich hace una declaración extraordinariamente
importante: "A finales de enero tuve ocasión de hablar
con Kerenski en la intimidad... Todo el mundo se manifestaba escéptico
de una revuelta popular, pues todos temían que el movimiento
popular de las masas tomara una orientación de extrema
izquierda, la cual crearía dificultadas extraordinarias
para la prosecución de la guerra." Las opiniones de
los círculos frecuentados por Kerenski no se distinguían
sustancialmente en nada, como se ve, de los kadetes. No era de
aquí, por tanto de donde podía partir la iniciativa.
"La revolución se desencadenó como el trueno
en día sereno -dice Zenzinov, representante del partido
de los social-revolucionarios-. Seamos francos: la revolución
fue magna y gozosa sorpresa aun para nosotros, los revolucionarios,
que habíamos trabajado por ella durante tantos años
y que siempre la habíamos esperado."
Poco más o menos les ocurría a los mencheviques.
Uno de los periodistas de la emigración burguesa habla
del encuentro que tuvo el 24 de febrero, en un tranvía,
con Skobelev, futuro ministro del gobierno revolucionario: "Este
socialdemócrata, uno de los líderes del movimiento,
me decía que los desórdenes tomaban un carácter
de saqueo que era necesario sofocar. Esto no impidió que
un mes después, Skobelev afirmara que él y sus amigos
habían hecho la revolución." La nota, aquí,
está probablemente exagerada, pero en lo fundamental la
posición de los socialdemócratas mencheviques que
actuaban dentro de la ley está expresada de un modo muy
cercano a la realidad.
Finalmente, uno de los líderes del ala izquierda de los
socialrevolucionarios, Mstislavski, que se pasó posteriormente
a los bolcheviques, dice, hablando de la revolución de
Febrero: "A los miembros del partido de aquel entonces la
revolución nos sorprendió como a las vírgenes
del Evangelio: durmiendo." No importa gran cosa saber hasta
qué punto se les podía comparar en justicia con
las vírgenes; pero que estaban durmiendo todos es indiscutible.
¿Cuál fue la actitud de los bolcheviques? En parte,
ya lo sabemos. Los principales dirigentes de la organización
bolchevista clandestina que actuaba a la sazón en Petrogrado
eran tres: los ex-obreros Schliapnikov y Zalutski, y el ex-estudiante
Mólotov. Schliapnikov, que había vivido durante
bastante tiempo en el extranjero y que estaba en estrecha relación
con Lenin, era, desde el punto de vista político, el más
activo de los tres militantes que constituían la oficina
del Comité central. Sin embargo, las Memorias del propio
Schliapnikov confirman mejor que nada que el peso de los acontecimientos
era desproporcionado con lo que podían soportar los hombros
de este trío. Hasta el último momento, los dirigentes
entendían que se trataba de una de tantas manifestaciones
revolucionarias, pero en modo alguno de un alzamiento armado.
Kajurov, uno de los directores de la barriada de Viborg, a quien
ya conocemos, afirma categóricamente: "No había
instrucción alguna de los organismos centrales del partido...
El Comité de Petrogrado había sido detenido y el
camarada Schliapnikov, representante del Comité Central,
era impotente para dar instrucciones para el día siguiente."
La debilidad de las organizaciones clandestinas era un resultado
directo de las represiones policíacas, las cuales habían
dado al gobierno resultados verdaderamente excepcionales en la
situación creada por el estado de espíritu patriótico
reinante al empezar la guerra. Toda organización, sin excluir
las revolucionarias, tiende al retraso con respecto a su base
social. A principios de 1917, las organizaciones clandestinas
no se habían rehecho aún del estado de abatimiento
y de disgregación, mientras que en las masas el contagio
patriótico había sido ya suplantado radicalmente
por la indignación revolucionaria.
Para formarse una idea más clara de la verdadera situación,
por lo que a la dirección revolucionaria se refiere, es
necesario recordar que los revolucionarios más prestigiosos,
jefes de los partidos de izquierda, se hallaban en la emigración,
en las cárceles y en el destierro. Cuanto más peligroso
era un partido para el viejo régimen, más cruelmente
se hallaba decapitado al estallar la revolución. Los populistas
tenían una fracción en la Duma, capitaneada por
el radical sin partido Kerenski. El líder oficial de los
socialistas revolucionarios, Chernov, se hallaba en la emigración.
Los mencheviques disponían en la Duma de una fracción
de partido capitaneado por Cheidse y Skobelev al frente. Mártov
estaba emigrado, Dan y Tseretelli se hallaban en el destierro.
Alrededor de las fracciones de izquierda populista y menchevista
se agrupaba un número considerable de intelectuales socialistas
con un pasado revolucionario. Esto creaba una apariencia de estado
mayor político, pero de un carácter tal que sólo
podía revelarse después del triunfo. Los bolcheviques
no tenían en la Duma fracción alguna: los cinco
diputados obreros, en los cuales el gobierno del zar había
visto el centro organizador de la revolución, fueron detenidos
en los primeros meses de la guerra. Lenin se hallaba en la emigración
con Zinóviev, y Kámenev estaba en el destierro,
lo mismo que otros dirigentes prácticos, poco conocidos
en aquel entonces: Sverlov, Rikov, Stalin. El socialdemócrata
polaco Dzerchinski, que no se había afiliado aún
a los bolcheviques, estaba en presidio. Los dirigentes accidentales,
precisamente porque estaban habituados a obrar como elementos
subalternos bajo la autoridad inapelable de la dirección,
no se consideraban a sí mismos ni consideraban a los demás
capaces de desempeñar una misión directiva en los
acontecimientos revolucionarios.
Si el partido bolchevique no podía garantizar a los revolucionarios
una dirección prestigiosa, de las demás organizaciones
políticas no había ni que hablar. Esto contribuía
a reforzar la creencia tan extendida de que la revolución
de Febrero había tenido un carácter espontáneo.
Sin embargo, esta creencia es profundamente errónea o,
en el mejor de los casos, inconsistente.
La lucha en la capital duró no una hora ni dos, sino cinco
días. Los dirigentes intentaban contenerla. Las masas contestaban
intensificando el ataque y siguieron adelante. Tenían enfrente
al viejo Estado, detrás de cuya fachada tradicional se
suponía que acechaba aún una fuerza poderosa; la
burguesía liberal, con la Duma del Estado, con las asociaciones
de zemstvos y las Dumas municipales, con las organizaciones industriales
de guerra, las academias, las Universidades, la prensa; finalmente,
dos partidos socialistas fuertes que oponían una resistencia
patriótica a la presión de abajo. La insurrección
tenía en el partido de los bolcheviques a la asociación
más afín, pero decapitada, con cuadros dispersos
y grupos débiles y fuera de la ley. Y a pesar de todo,
la revolución, que nadie esperaba en aquellos días,
salió adelante, y cuando en las esferas dirigentes se creía
que el movimiento se estaba ya apagando, éste, con una
poderosa convulsión, arrancó el triunfo.
¿De dónde procedía esta fuerza de resistencia
y ataque sin ejemplo? El encarnizamiento de la lucha no basta
para explicarla. Los obreros petersburgueses, por muy aplastados
que se hubieran visto durante la guerra por la masa humana gris,
tenían una gran experiencia revolucionaria. En su resistencia
y en la fuerza de su ataque, cuando en las alturas faltaba la
dirección y se oponía una resistencia, había
un cálculo de fuerzas y un propósito estratégico
no siempre manifestado, pero fundado en las necesidades vitales.
En vísperas de la guerra el sector obrero revolucionario
siguió a los bolcheviques y arrastró consigo a las
masas. Al empezar la guerra la situación cambió
radicalmente; los sectores conservadores levantaron cabeza, llevando
consigo a una parte considerable de la clase. Los elementos revolucionarios
viéronse aislados y enmudecieron. En el curso de la guerra
la situación empezó a modificarse, al principio
lentamente, y después de la guerra de un modo cada vez
más veloz y más radical. Un descontento activo iba
apoderándose de toda la clase obrera. Es cierto que en
una parte considerable de la masa trabajadora este descontento
tomaba un matiz patriótico; pero este patriotismo no tenía
que ver nada con el patriotismo interesado y cobarde de las clases
poderosas, que aplazaban todas las cuestiones interiores hasta
el triunfo. Fue precisamente la guerra, las víctimas que
causó, sus errores y su ignorancia, lo que puso frente
a frente no sólo a los viejos sectores obreros, sino también
a los nuevos y al régimen zarista, provocando un choque
agudo que llevó a la conclusión: ¡No se puede
seguir soportando esto! La conclusión fue general, unió
a las masas en un bloque único y les infundió una
poderosa fuerza de ataque.
El ejército había visto aumentar sus efectivos enormemente,
incorporando a sus filas a millones de obreros y campesinos. No
había nadie que no tuviera a alguien de su familia en el
ejército: a un hijo, al marido, al hermano, al cuñado.
El ejército no se hallaba separado del pueblo, como antes
de la guerra. La gente se veía con los soldados con una
frecuencia incomparablemente mayor, los acompañaba al frente,
vivía con ellos cuando llegaban con permiso, conversaba
con ellos sobre el frente en las calles y en los tranvías,
les visitaba en los hospitales. Los barrios obreros, el cuartel,
el frente, y en un grado considerable la aldea, se convirtieron
en una especie de vasos comunicantes. Los obreros sabían
lo que sentía y pensaba el soldado. Entre ellos se entablan
conversaciones interminables acerca de la guerra, de los que negociaban
con ella, acerca de los generales y del gobierno, acerca del zar
y la zarina. El soldado decía, hablando de la guerra: "¡Maldita
sea!", y el obrero contestaba: "¡Malditos sean!",
aludiendo al gobierno. El soldado decía: "¿Por
qué os calláis, los de dentro?" El obrero contestaba:
"Con las manos vacías no se puede hacer nada. En 1905
el ejército nos hizo ya fracasar..." El soldado reflexionaba:
"¡Ah! ¡Si nos levantáramos todos de una
vez!" El obrero: "Eso precisamente es lo que hay que
hacer." Antes de la guerra las conversaciones de este género
eran contadas y tenían siempre un carácter de conspiración.
Ahora se sostenían por dondequiera, por cualquier motivo
y casi abiertamente, por lo menos, en los barrios obreros.
La Ocrana zarista tendía a veces sus tentáculos
con gran acierto. Dos semanas antes de la revolución, un
policía de Petrogrado, que firmaba con el sobrenombre de
Krestianinov, comunicaba la conversación que había
oído en un tranvía que pasaba por un suburbio obrero.
Un soldado cuenta que ocho hombres de su regimiento han sido mandados
a presidio porque el otoño pasado se habían negado
a disparar contra los obreros de la fábrica Nobel, volviendo
sus fusiles contra los gendarmes. La conversación se sostiene
sin recato alguno, pues en los barrios obreros los policías
prefieren pasar inadvertidos. "Ya les ajustaremos las cuentas",
concluye el soldado. El confidente sigue informando: Un obrero
le dice: "Para eso hay que organizarse y conseguir que todo
el mundo obre como un solo hombre." El soldado contesta:
"No os preocupéis de eso; ya hace tiempo que estamos
organizados... y va siendo hora de que no nos dejemos chupar más
la sangre. Los soldados sufren en las trincheras mientras ellos
aquí engordan..." No se ha producido ningún
suceso digno de mención. diez de febrero de 1917, Krestianinov."
¡Documento incomparable! "No se ha producido ningún
suceso digno de mención." Se producirán, y
muy pronto; esta conversación sostenida en el tranvía
señala su inevitable proximidad.
Mstislavski ilustra con un ejemplo curioso el carácter
espontáneo de la insurrección. Cuando la "Asociación
de oficiales del 27 de febrero", surgida inmediatamente después
de la revolución, intentó dejar establecido por
medio de una encuesta quién había sido el primero
en sacar el regimiento de Volinski a la calle, se reunieron siete
declaraciones relativas a siete incitadores de esta acción
decisiva. Es muy probable, añadimos por nuestra cuenta,
que parte de la iniciativa perteneciera efectivamente a algunos
soldados; pudo además suceder que el iniciador principal
cayera durante los combates en la calle, llevándose su
nombre a lo desconocido. Pero esto no disminuye el valor histórico
de su iniciativa anónima.
Más importante es todavía otro aspecto de la cuestión,
que nos lleva ya fuera de los muros del cuartel. La sublevación
de los batallones de la Guardia, que fue una sorpresa para los
elementos liberales y socialistas que actuaban dentro de la ley,
no fue inesperada, ni mucho menos, para los obreros. Y sin esta
sublevación no habría salido a la calle el regimiento
de Volinski. La colisión producida en la calle entre los
obreros y los cosacos, que el abogado observaba desde su ventana
y de la cual dio cuenta por teléfono a un diputado, se
les antojaba a ambos un episodio de un proceso impersonal: la
masa gris de la fábrica había chocado con la masa
gris del cuartel. Pero no era así como veía las
cosas el cosaco que se había atrevido a guiñar el
ojo de un modo significativo. El proceso de intercambio molecular
entre el ejército y el pueblo se efectuaba sin interrupción.
Los obreros observaban la temperatura del ejército y se
dieron cuenta inmediatamente de que se acercaba el momento crítico.
Esto fue lo que dio una fuerza tan invencible a la ofensiva de
las masas, seguras de su triunfo.
Apuntaremos aquí la certera observación de un elevado
funcionario liberal, que ha intentado resumir sus noticias de
las jornadas de febrero. "Se ha convertido en un tópico
corriente decir que el movimiento se inició espontáneamente,
que los soldados se echaron ellos mismos a la calle. No puedo
estar conforme con esto de ningún modo. Al fin y al cabo,
¿qué significa la palabra "espontáneamente"?...
Aún es más impropio hablar de generación
espontánea en sociología que en los dominios de
las ciencias naturales. El hecho de que ninguno de los jefes revolucionarios
conocidos pudiera tremolar su bandera no significa que ésta
fuera impersonal, sino anónima." Este modo de plantear
la cuestión, incomparablemente más serio que las
alusiones de Miliukov a los agentes alemanes y a la espontaneidad
rusa, pertenece a un ex-fiscal, que en el momento de la revolución
desempeña el cargo de senador zarista. Puede que fuera
precisamente su experiencia judicial lo que permitió a
Zavadski comprender que el levantamiento revolucionario no podía
surgir obedeciendo a las órdenes de unos agentes extranjeros
ni en forma de proceso impersonal, obra de la naturaleza.
Este mismo autor cita dos episodios que le permitieron observar,
como a través del ojo de una cerradura, el laboratorio
en que se operaba el proceso revolucionario. El viernes, 24 de
febrero, cuando en las alturas nadie esperaba la revolución
para los días que se avecinaba, el tranvía en que
iba el senador, de un modo completamente inesperado, dio media
vuelta desde la Liteina a una calle de la esquina y se paró
de un modo tan rápido, que se estremecieron los cristales
e incluso uno de ellos se rompió. El cobrador indicó
a los pasajeros que salieran: "El tranvía no puede
pasar de aquí." Los pasajeros protestaron, gritaron,
pero salieron. "No he podido olvidar el rostro del silencioso
cobrador: una expresión decidida y rencorosa, que tenía
algo de lobo", debía poseer una elevada conciencia
del deber para detener en plena guerra y en una calle del Petersburgo
imperial un tranvía lleno de funcionarios. Otros obreros
como éste fueron también los que detuvieron el vagón
de la monarquía, empleando aproximadamente las mismas palabras:
"El tren no pasa de aquí", e hicieron salir del
vagón a la burocracia, sin distinguir, por la urgencia
del momento, a los generales de la gendarmería de los senadores
liberales. El conductor de Liteina era un factor consciente de
la historia, a quien alguien tenía que haber educado.
Durante el incendio de la Audiencia, un jurisconsulto liberal,perteneciente a la misma esfera de este senador que relata el
episodio, empezó a expresar en la calle su pesar por el
hecho de que fueran destruidos el laboratorio de peritaje judicial
y el archivo notarial. Un hombre de edad madura y expresión
sombría, de aspecto como de obrero, le contestó,
irritado: "¡Ya sabremos repartirnos las casas y la tierra
sin necesidad de tu archivo!" Es posible que este episodio
esté un poco adornado literalmente. Pero entre la multitud
había no pocos obreros de ésos, de edad madura,
capaces de contestar al jurista como era debido. Aunque no estuviesen
complicados personalmente en el incendio de la Audiencia, no podía
asustarles aquel género de "excesos". Estos obreros
suministraban a las masas las ideas necesarias, no sólo
contra los gendarmes zaristas, sino también contra los
jurisconsultos liberales, que lo que más temían
era que las actas notariales de propiedad fueran devoradas por
el fuego de la revolución. Estos políticos anónimos,
salidos de las fábricas y de la calle, no habían
caído del cielo; alguien había tenido que educarlos.
La Ocrana, al registrar los acontecimientos en los últimos
días de febrero, consignaba asimismo que el movimiento
era "espontáneo", es decir, que no estaba dirigido
sistemáticamente desde arriba. Pero añadía:
"Sin embargo, los efectos de la propaganda se dejan sentir
mucho entre el proletariado." Este juicio da en el blanco;
los profesionales de la lucha contra la revolución,,, antes
de ocupar los calabozos que dejaban libres los revolucionarios,
comprendieron mejor que los jefes del liberalismo el carácter
del proceso que se estaba operando.
La leyenda de la espontaneidad no explica nada. Para apreciar
debidamente la situación y decidir el momento oportuno
para emprender el ataque contra el enemigo, era necesario que
las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los
acontecimientos históricos y su criterio para la valoración
de los mismos. En otros términos, era necesario contar,
no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los
obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que
habían pasado por la experiencia de la revolución
de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de
diciembre del mismo año, que se estrelló contra
el regimiento de Semenov, y era necesario que en el seno de esa
masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia
de 1905, que supieran adoptar una actitud crítica ante
las ilusiones constitucionales de los liberales y de los mencheviques,
que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que
hubieran meditado docenas de veces acerca de la cuestión
del ejército, que observaran celosamente los cambios que
se efectuaban en el mismo, que fueran capaces de sacar consecuencias
revolucionarias de sus observaciones y de comunicarlas a los demás.
Era necesario, en fin, que hubiera en la guarnición misma
soldados avanzados ganados para la causa, o, al menos, interesados
por la propaganda revolucionaria y trabajados por ella.
En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía,
en cada café, en el hospital militar, en el punto de etapa,
incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba
una labor callada y molecular. Por dondequiera surgían
intérpretes de los acontecimientos, obreros precisamente,
a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido
y de quienes podían esperarse las consignas necesarias.
Estos caudillos se hallaban muchas veces entregados a sus propias
fuerzas, se orientaban mediante las generalizaciones revolucionarias
que llegaban fragmentariamente hasta ellos por distintos conductos,
sabían leer entre líneas en los periódicos
liberales aquello que les hacía falta. Su instinto de clase
se hallaba agudizado por el criterio político, y aunque
no desarrollaran consecuentemente todas sus ideas, su pensamiento
trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos
elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de
abnegación, iban impregnando a las masas y constituían
la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial,
y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso
consciente.
Todo lo que sucede en el seno de las masas se les antoja, por
lo general, a los políticos fanfarrones del liberalismo
y del socialismo domesticado como un proceso instintivo, algo
así como si se tratara de un hormiguero o de una colmena.
En realidad, el pensamiento que agitaba a la masa obrera era incomparablemente
más audaz, penetrante y consciente que las indigentes ideas
de que se nutrían las clases cultas. Es más, aquel
pensamiento era más científico, no solamente porque
en buena parte había sido engendrado por los métodos
del marxismo, sino, ante todo, porque se nutría constantemente
de la experiencia viva de las masas, que pronto habían
de lanzarse a la palestra revolucionaria. El carácter científico
del pensamiento consiste en su armonía con el proceso objetivo
y en su capacidad para influir en él y dirigirlo. ¿Poseían
acaso esta cualidad, aunque fuera en la más mínima
proporción, los círculos gobernantes que se hallaban
inspirados por el Apocalipsis y creían en los sueños
de Rasputin? ¿Acaso tenían algún fundamento
científico las ideas del liberalismo, confiado en que,
participando en la contienda de los gigantes capitalistas, la
atrasada Rusia podría obtener a un tiempo mismo la victoria
sobre Alemania y el parlamentarismo? ¿O acaso era científica
la vida ideológica de los círculos intelectuales,
que tan servilmente se plegaban a un liberalismo ingénitamente
caduco, preservando al mismo tiempo su pretendida independencia
con discurso retirados de la circulación desde hacía
mucho tiempo? En realidad, todas estas clases vivían en
el reino de la inmovilidad espiritual, de los fantasmas, las supersticiones
y las ficciones, o, si se quiere, en el reino de la "espontaneidad".
Y si es así, ¿no tenemos derecho a rechazar de plano
toda la filosofía liberal de la revolución de Febrero?
Sí, tenemos derecho a hacerlo y a decir: Mientras la sociedad
oficial, toda esa superestructura de las clases dirigentes, de
los sectores, grupos, partidos y camarillas, vivía en la
inercia y el automatismo, nutriéndose de las reminiscencias
de las ideas caducas y permanecía sorda a las exigencias
inexorables del progreso, dejándose seducir por fantasmas
y no previendo nada, en las masas obreras se estaba operando un
proceso autónomo y profundo, caracterizado no sólo
por el incremento del odio hacia los dirigentes, sino por la apreciación
crítica de su impotencia y la acumulación de experiencia
y de conciencia creadora, proceso que tuvo su remate y apogeo
en la insurrección revolucionaria y en su triunfo.
A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin. Y dicho esto, no tenemos más remedio que añadir: este caudillaje, que bastó para asegurar el triunfo de la insurrección, no bastó, en cambio, para poner inmediatamente la dirección del movimiento revolucionario en manos de la vanguardia proletaria.
Capítulo 9. La paradoja de la revolución de Febrero